martes, 21 de abril de 2015

Sin recetas



No tengo ninguna receta para que el gusto de la lectura llegue hasta los niños o los adolescentes. Lo único que podemos hacer es abrir libros frente a ellos, leérselos, hablarles de ellos, pero dejando a la lectura su parte secreta, como se la dejamos al amor. No puede forzarse nada. Y sé hasta qué punto la posición del profesor o bibliotecario requiere de mucha astucia para que uno no se pregunte: “¿qué quiere él de mí? ¿por qué quiere que yo lea?”. Esto supone un trabajo sobre uno mismo y la propia relación con los libros. Y en mucho una real apetencia por los libros, pues es una de las mejores garantías para crear el gusto por la lectura, mientras que nuestras quejas, nuestros discursos cargados de culpabilidades, nuestras campañas llenas de buenas intenciones, no pueden sino contribuir a hacer de la lectura una labor fatigosa, en la cual es necesario leer para complacer a los adultos, lo cual, cuando se tiene 12 o 15 años, no está en realidad en el centro de las preocupaciones.

Texto: Michelle Petit
Ilustración Mónica Carretero

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